A Daniela la conozco desde que tengo memoria, a Tatiana la conocí a los once años, recién cambiado de colegio, y nos hicimos amigos de inmediato. Con ambas aprendí que el amor no es un sentimiento obligatoriamente recíproco y que, por lo menos en mí, tiende a no desaparecer.
Daniela se fue de mi vida hace más de diecinueve años, con un par de reapariciones ocasionales cada cinco o seis. Tatiana se fue hace trece, cuando me dijo que no le interesaban mis cartas de amor y dejó de recibirlas; ella sí no volvió a reaparecer.
Era tal vez una noche lluviosa de abril y en mi vida se apareció por primera vez una "tormentica". Dicho lo cual, creo que lo más justo es llamarla Juana.
Ella llegó aquella noche al bailadero acompañada de quién era su interés romántico por esa época y yo no la vi bailar sino hasta bien entrada la rumba. Era hermosa y cuando la vi bailar me llené de ganas de romper mi regla de evitar sacar a mujeres en plan de pareja. Al final de esa noche arrebolada lo hice y la euforia fue tanta que sólo atiné a decir que había bailado con un ángel. Mañé, lo sé, pero así me sentí.
Para agosto, tal vez, y después de no volver a saber nada de Juana por ningún medio, ni siquiera su nombre, mi atención estaba puesta en María Camila. No sé con certeza cuándo nos conocimos, sé qué fue hace muchos años, sé que nos encontramos una vez sin saber que nos conocíamos, sé que la había invitado a bailar hacía mucho y me había dejado plantado. Para aquella época aceptó por primera vez salir conmigo; claro está, la invité a bailar.
Desde mi aventura con María Andrea yo sentía una inquietud muy extraña. Creía que era un deseo por una relación estable, seria, comprometida y exclusiva, pero sabía que con ella era impensable. No era una opción. Cuando me acerqué a María Camila, sentí que era la indicada. No me pregunten por qué. Salimos mucho, durante meses, mis amigos y mi familia empezaron a asumir que éramos novios, ella y yo teníamos claro que ni siquiera era claro si estábamos "saliendo". Era muy confuso. A mí me encantaba. Me perdía horas en los ojotes negros y brillantes que tenía, pero había un obstáculo, una barrera infranqueable que nunca logré identificar con éxito. Ella seguía aceptándome salidas, yo le coqueteaba, frecuentemente nos encontrábamos en medio de tratos románticos y, aun así, algo nos impedía la cercanía total. Me frustraba, me irritaba.
A finales de noviembre del 2015 salimos por última vez, esta vez fuimos de nuevo tres: ella, la barrera y yo.
Paula era mi consejera sentimental por aquellos días y recuerdo que sentados en un andén, como de costumbre, me incitó a que me olvidara del amor por unos días, que me fuera de paseo con amigos y que me desconectara de mi vida con las mujeres. Que no veía con claridad, que no sabía qué quería, decía.
En diciembre lo hice, me fui con unos amigos y unos amigos de mis amigos de la ciudad a pasar un puente veraniego. Lo que nunca imaginé fue que entre esos amigos de mis amigos me iba a encontrar de nuevo y por segunda vez en la vida a Juana.
Era la primera vez en mucho tiempo que me encontraba con una mujer que me gustara en un terreno neutral, estaba por fuera de mi bailadero/guarida, por varios días, necesitando un descanso y deseoso de entender qué quería. No sé si la magia fue inmediata en ella, pero en mí lo fue. En dos días ya extrañaba sus besos.
En medio de ese idilio veraniego, una de esas noches, bailando con ella en el pueblo en medio de un mar de desconocidos sentí como una mano me jaloneó violentamente por el hombro y me arrastró hacia una esquina, cuando reaccioné y até el brazo agresor a un rostro, se trataba de María Andrea. No tenía mucha cara de buenos amigos. No dijo nada por unos segundos y lo primero que ordenó apenas musitó palabra fue un "bailemos" imperativo; yo obedecí. En pocos segundos se derramó en reclamos, al final de la canción, que se hizo eterna, yo pude recordarle que lo nuestro no pudo ser, que la atracción no era más fuerte que la compatibilidad. Se fue, yo volví a bailar con Juana. En medio de la pieza, pude escuchar cómo María le comentaba a una de sus amigas, sin mucho esfuerzo por ser discreta, "miralo, mirá como la mira. A mí nunca me miró así, conmigo nunca sonríe tanto cuando bailamos". Esa fue la última noche que supe de María, esa fue mi primera noche con Juana.
Yo sabía que me gustaba, pero sinceramente, no me interesaba desbaratarme demasiado la cabeza pensando en si quería que fuera el amor de mi vida o un amor de verano. Con esa idea me acerqué la segunda noche. Bailamos al lado de una piscina, nos contamos dos o tres infidencias y al llegar el amanecer nos besamos. Al tercer día también. Al cuarto nos despedimos.
Todo el mundo juraba que María Camila y yo éramos pareja, mi padre incluso preguntó a mí regreso si había ido con ella al viaje. Tanto él como Paula quedaron atónitos al contarles lo que había sucedido. Conversé un par de veces con Juana, salimos una tarde a reencontrarnos ya sin el encanto del romance de verano de por medio y establecer qué futuro había, si había alguno.
Ella me contó que se iba en una semana de regreso a su pueblo sin claridad sobre qué sería de su vida a mediano plazo, yo aproveché para que me conociera un poco más. Dejamos planteada una bailada si regresaba pronto y nos despedimos por segunda vez.
Tres días después en medio de la euforia por la publicación de mi primera ilustración en la vida, a punta de insistencia logré que me aceptara una salida a bailar antes de su partida. Ella fue mi compañía la noche que festejé mi primer logro como dibujante en mucho tiempo. Nos despedimos, esa noche, por tercera vez.
No sé si era el 24 de diciembre o el 31. Me encontraba en el campo, disfrutando de las festividades en medio de un viaje psicotrópico y empecé a intercambiar mensajes con Juana. En medio de aquello, recibí uno que no esperaba. Era de María Camila, que me deseaba un festejo alegre y muchas cosas buenas, que esperaba seguir viéndome y en ese momento lo entendí. Logré armar el rompecabezas que llevaba por lo menos cuatro años intentando resolver. Después de romances fugaces y fallidos, después de relaciones que no conducían a ningún sitio, después de muchos bailes, varios besos y un par de cuerpos, entendí cuál era mi deseo, a qué venía aquel impulso inicial de coleccionar historias de amor, que fue mutando poco a poco en el deseo de construir una relación sólida. No era ni lo uno ni lo otro. Lo que realmente quería era encontrar un amor que fuera más grande que yo, uno que me sacudiera, uno que subsistiera más allá de los límites del romance típico. Uno como el que siempre sentí por Daniela y Tatiana.
Aquel 24 o 31 también hubo una tormentica en medio de los festejos decembrinos.
lunes, 27 de agosto de 2018
lunes, 6 de agosto de 2018
La cañada.
Yo no odio a Medellín. O bueno, no la odio más que cualquiera que ame de verdad a esta cañada que osamos llamar valle, con putería, con ternura, con pasión desenfrenada y con un puntico de tedio cada cierto tiempo; como cualquier otro amor.
Odio la familiaridad de sus rostros desconocidos, la uniformidad de sus sonidos, la pulcritud de vitrina de sus espacios públicos, la candidez de sus horrores, lo asfixiante de su amor, la falta de tolerancia a tu necesidad de tambalear, su negación a la nostalgia, su euforia postiza, sus penas reprimidas. Odio muchas de sus complacencias, por muy feliz que me hagan, pero lo que más detesto es justamente la capacidad que tiene de amansarte los reproches, las ganas de huir, el deseo de olvidarla y dejarte desarmado y sin fuerzas.
A pesar de todo esto y de que lo sé hace varios año, mis sentimientos por Medellín hoy son otros, aunque me siga asfixiando su horizonte truncado y sofocando su "eterna primavera". Hoy lo que siento por esta, mi ciudad, mi rincón en el mundo, es rencor. Básicamente eso.
Cada esquina y cada callejuela, cada sabor, cada gota de lluvia y de sudor, las noches estruendosas, los días inertes, cada amigo, cada lámpara de alumbrado público, cada ruta de bus. Cada una de las cosas que componen mis días es un recuerdo incandescente de alguna derrota. Cientos de batallas fallidas me abordan en la calle cuando me siento a ver las horas pasar. No existe ya un refugio que sirva para evitar recordar las tragedias y, para colmo de males, la ciudad me cuestiona porque me ve trastabillando.
¡DEJAME SUFRIR, CARECHIMBA!
No te estoy pisoteando tu jolgorio de plástico, no te estoy cuestionando tu adorable mal gusto, no me importa tu imagen inmaculada.
Me gusta amarte, con tu luz naranjada, con el verde y terracota de tus montañas, con tu olor a panela, ese delicioso sabor a fritura, las esquinas sucias que huelen a fruta podrida, la barrera infranqueable de tu río y esa rozagante lascivia con la que me mirás. Pero dejame en paz.
Dejame amarte y ser débil. Yo necesito quebrarme para reagruparme y volver a ser sólido, para poderte amar. Dejame cambiar y ser intangible en el proceso, dejame buscar otros cariños, dejame ser inconsistente, inestable y contradictorio. Dejame amarte sin dependencias, sin posesiones, sin espejismos de dicha, sin panoramas de postal; dejame amarte sin esperar nada a cambio, sin el confort de la rutina, sin la comodidad de la certeza. Dejame amarte de verdad.
Odio la familiaridad de sus rostros desconocidos, la uniformidad de sus sonidos, la pulcritud de vitrina de sus espacios públicos, la candidez de sus horrores, lo asfixiante de su amor, la falta de tolerancia a tu necesidad de tambalear, su negación a la nostalgia, su euforia postiza, sus penas reprimidas. Odio muchas de sus complacencias, por muy feliz que me hagan, pero lo que más detesto es justamente la capacidad que tiene de amansarte los reproches, las ganas de huir, el deseo de olvidarla y dejarte desarmado y sin fuerzas.
A pesar de todo esto y de que lo sé hace varios año, mis sentimientos por Medellín hoy son otros, aunque me siga asfixiando su horizonte truncado y sofocando su "eterna primavera". Hoy lo que siento por esta, mi ciudad, mi rincón en el mundo, es rencor. Básicamente eso.
Cada esquina y cada callejuela, cada sabor, cada gota de lluvia y de sudor, las noches estruendosas, los días inertes, cada amigo, cada lámpara de alumbrado público, cada ruta de bus. Cada una de las cosas que componen mis días es un recuerdo incandescente de alguna derrota. Cientos de batallas fallidas me abordan en la calle cuando me siento a ver las horas pasar. No existe ya un refugio que sirva para evitar recordar las tragedias y, para colmo de males, la ciudad me cuestiona porque me ve trastabillando.
¡DEJAME SUFRIR, CARECHIMBA!
No te estoy pisoteando tu jolgorio de plástico, no te estoy cuestionando tu adorable mal gusto, no me importa tu imagen inmaculada.
Me gusta amarte, con tu luz naranjada, con el verde y terracota de tus montañas, con tu olor a panela, ese delicioso sabor a fritura, las esquinas sucias que huelen a fruta podrida, la barrera infranqueable de tu río y esa rozagante lascivia con la que me mirás. Pero dejame en paz.
Dejame amarte y ser débil. Yo necesito quebrarme para reagruparme y volver a ser sólido, para poderte amar. Dejame cambiar y ser intangible en el proceso, dejame buscar otros cariños, dejame ser inconsistente, inestable y contradictorio. Dejame amarte sin dependencias, sin posesiones, sin espejismos de dicha, sin panoramas de postal; dejame amarte sin esperar nada a cambio, sin el confort de la rutina, sin la comodidad de la certeza. Dejame amarte de verdad.
jueves, 2 de agosto de 2018
Refugios
Llegó la hora de hablar de refugios. Guaridas, madrigueras, resguardos, bunkers, aposentos, albergues, escondites; llamenlos como quieran. La clave está en lo que refugian y en esa función de sitios seguros, plenos, amenos, cotidianos, llegando a volverse rutinarios.
Es bien hijueputa la dicha y ese efecto anestesiante que brinda. Uno se siente infinito en medio de la plenitud y se le olvida que puede acabar en cualquier minuto después de la eternidad. Los sitios que albergan aquellos momentos de gozo, sobre todo los que permanecen una vez la inmensidad del regocijo parece más una ilusión delirante que un recuerdo vívido, se tornan cicatrices.
Son aquellos lugares los que acompañan y encubren horas extensas de dudas en pausa, temores atenuados, risas tontas, gritos ahogados al oido, ronquidos a medio día, disertaciones de medianoche, complicidades tácitas, penas potenciales y todo lo que haya en medio.
Suele pasar que terminás envuelto en cotidianidades idílicas, aletargadas en su mayoría, y de repente descubrís que en medio de una canción que sonó o una carcajada de fondo se construyó una efigie colosal en el mausoleo de tus recuerdos de cuenta de tres miradas, dos días de fuga y un cosquilleo sutil de domingo en la tarde.
Normalmente, esos sitios que dan abrigo no son responsables directos de tus momentos de dicha , ni mucho menos de la ausencia de los mismos, pero por lo menos a mí, que he hecho de una decena de ellos monumentos a las horas muertas, se me hace imposible no mirarles con reproche, como exigiéndoles la devolución de la gloria que albergaban.
Me he sorprendido revisando marcas, ventanas, puertas y hasta balcones de sitios propios y extraños buscando indicios de que ellos tampoco me han olvidado. Por estos días tengo pendiente la despedida de un par de los más recientes. No veo la hora de volver cuando ya no sean nada.
A veces todavía paso por ellos, por casi todos, como bazuquero en pleno embale y me siento a ver como las horas parecieran no pasarles. Como cuando refugiaban las mías y se las devoraban enteras.
Es bien hijueputa la dicha y ese efecto anestesiante que brinda. Uno se siente infinito en medio de la plenitud y se le olvida que puede acabar en cualquier minuto después de la eternidad. Los sitios que albergan aquellos momentos de gozo, sobre todo los que permanecen una vez la inmensidad del regocijo parece más una ilusión delirante que un recuerdo vívido, se tornan cicatrices.
Son aquellos lugares los que acompañan y encubren horas extensas de dudas en pausa, temores atenuados, risas tontas, gritos ahogados al oido, ronquidos a medio día, disertaciones de medianoche, complicidades tácitas, penas potenciales y todo lo que haya en medio.
Suele pasar que terminás envuelto en cotidianidades idílicas, aletargadas en su mayoría, y de repente descubrís que en medio de una canción que sonó o una carcajada de fondo se construyó una efigie colosal en el mausoleo de tus recuerdos de cuenta de tres miradas, dos días de fuga y un cosquilleo sutil de domingo en la tarde.
Normalmente, esos sitios que dan abrigo no son responsables directos de tus momentos de dicha , ni mucho menos de la ausencia de los mismos, pero por lo menos a mí, que he hecho de una decena de ellos monumentos a las horas muertas, se me hace imposible no mirarles con reproche, como exigiéndoles la devolución de la gloria que albergaban.
Me he sorprendido revisando marcas, ventanas, puertas y hasta balcones de sitios propios y extraños buscando indicios de que ellos tampoco me han olvidado. Por estos días tengo pendiente la despedida de un par de los más recientes. No veo la hora de volver cuando ya no sean nada.
A veces todavía paso por ellos, por casi todos, como bazuquero en pleno embale y me siento a ver como las horas parecieran no pasarles. Como cuando refugiaban las mías y se las devoraban enteras.
miércoles, 1 de agosto de 2018
Adiosómano
Soy un enfermo de las despedidas. Seguramente porque de Alicia nunca pude, ni siquiera en su funeral. Rayones que estamos condenados a cargar. Para ser justo a los seis años todavía no tenía muy claro qué tan determinante era una partida o la ausencia.
Tal vez lo nostálgico también tiene algo que ver. O tal vez sea mi pasión por los adioses lo que finalmente me hace nostálgico. Una vez más, claridades pocas.
Checho afirmaba en muchas reuniones de trabajo que éramos un par de ritualistas irremediables, siempre cuando ya estábamos divagando en temas que nada tenían que ver con las labores que nos convocaban. Que como buenos fumadores, en el trato de la cusca se nos notaba esa necesidad ceremoniosa. Era más de 10 años mayor y estaba casi tan perdido como yo en aquella época; espero que hoy pueda tener alguna que otra duda resuelta. Sé que mi capacidad de dotar nimiedades de características épicas, la necesidad de la grandilocuencia innecesaria y el deseo de celebrar rituales hasta cuando me bajo del bus crecieron bajo su tutela. Irónicamente, tampoco nos despedimos nunca.
También he descubierto que me despido demasiado, a veces injustificadamente, y que peco de insistente. Mucha gente hasta me sigue la corriente, pero a la cuarta despedida ya se están quejando. Principiantes.
Es una sensación bastante particular. La mayoría de las veces que me encuentro en medio de un ritual solemne de adiós, de cierre o de reinicio me doy cuenta cuando ya estoy a la mitad. Casi nunca les planeo con antelación. Como que la nostalgia y la melancolía me conducen a sitios y momentos precisos y me dejo arrastrar; voy cediendo paso a paso. Como en un ritual de seducción me desnuda, me besa, me respira de cerca y yo acaricio, palpo, huelo. Cuando ya tiene sus dedos revoloteando sobre mi cuello no hay vuelta atrás. Es bien particular, como les dije.
También puede ser que voy asignándole significados, referentes, sensaciones y vínculos a todo y en todo, a tal punto que cuando algo falta, alguien parte, algo me incomoda o simplemente la vida cambia, termino lamentando y tratando de llenar desesperadamente cualquier ausencia con ritos que le den sentido a la pena. Tal vez por eso me emputa que nadie más los entienda, que a nadie le importen tanto.
Creo que desde hace varios años entendí que mi necesidad de decir adiós más que lúgubre es celebrativa. Obvio son tristes, obvio son nostálgicas y melancólicas, obvio lloro en casi todas las despedidas. Pero todo aquello es mera decoración, como las calabazas de Halloween o los renos de Navidad; lo importante es celebrar, aquello que te hizo feliz, eso que te llenó y sabías que acabaría, eso que quisiste y seguís queriendo, pero no estará más, eso que se aleja, esa persona que cambió, ese día que acabó, ese dolor que mermó o ese beso que nunca más regresó. La bebida espirituosa es a elección personal, la sustancia psicoactiva también. Yo prefiero el ron con adiós.
Tal vez lo nostálgico también tiene algo que ver. O tal vez sea mi pasión por los adioses lo que finalmente me hace nostálgico. Una vez más, claridades pocas.
Checho afirmaba en muchas reuniones de trabajo que éramos un par de ritualistas irremediables, siempre cuando ya estábamos divagando en temas que nada tenían que ver con las labores que nos convocaban. Que como buenos fumadores, en el trato de la cusca se nos notaba esa necesidad ceremoniosa. Era más de 10 años mayor y estaba casi tan perdido como yo en aquella época; espero que hoy pueda tener alguna que otra duda resuelta. Sé que mi capacidad de dotar nimiedades de características épicas, la necesidad de la grandilocuencia innecesaria y el deseo de celebrar rituales hasta cuando me bajo del bus crecieron bajo su tutela. Irónicamente, tampoco nos despedimos nunca.
También he descubierto que me despido demasiado, a veces injustificadamente, y que peco de insistente. Mucha gente hasta me sigue la corriente, pero a la cuarta despedida ya se están quejando. Principiantes.
Es una sensación bastante particular. La mayoría de las veces que me encuentro en medio de un ritual solemne de adiós, de cierre o de reinicio me doy cuenta cuando ya estoy a la mitad. Casi nunca les planeo con antelación. Como que la nostalgia y la melancolía me conducen a sitios y momentos precisos y me dejo arrastrar; voy cediendo paso a paso. Como en un ritual de seducción me desnuda, me besa, me respira de cerca y yo acaricio, palpo, huelo. Cuando ya tiene sus dedos revoloteando sobre mi cuello no hay vuelta atrás. Es bien particular, como les dije.
También puede ser que voy asignándole significados, referentes, sensaciones y vínculos a todo y en todo, a tal punto que cuando algo falta, alguien parte, algo me incomoda o simplemente la vida cambia, termino lamentando y tratando de llenar desesperadamente cualquier ausencia con ritos que le den sentido a la pena. Tal vez por eso me emputa que nadie más los entienda, que a nadie le importen tanto.
Creo que desde hace varios años entendí que mi necesidad de decir adiós más que lúgubre es celebrativa. Obvio son tristes, obvio son nostálgicas y melancólicas, obvio lloro en casi todas las despedidas. Pero todo aquello es mera decoración, como las calabazas de Halloween o los renos de Navidad; lo importante es celebrar, aquello que te hizo feliz, eso que te llenó y sabías que acabaría, eso que quisiste y seguís queriendo, pero no estará más, eso que se aleja, esa persona que cambió, ese día que acabó, ese dolor que mermó o ese beso que nunca más regresó. La bebida espirituosa es a elección personal, la sustancia psicoactiva también. Yo prefiero el ron con adiós.
martes, 31 de julio de 2018
Una constante condena al pasado (parte 2)
Julián Arteaga llegó al colegio a principios del 99 y se fue al
final del mismo año. Tendría máximo 8 años y era una bestia dibujando. Sentía, desde que recuerdo, un entusiasmo tímido por el dibujo y la
pintura, me encantaba recrear las caratulas de mis cuadernos pero
la inseguridad y el desespero me abordaban pronto y al no poder dar con un
resultado satisfactorio, renunciaba frustrado y enfurecido.
Estábamos en clase de
"tecnología", lo recuerdo bien, y como era la época pre-boom
informático y la internet era todavía un sitio distante y mitológico para
la mayoría de nosotros, como la Atlántida o Disneyworld, nuestra
tarea del día era buscar un medio de transporte en unas revistas amarillentas y
dibujarlo en el cuaderno. Julián, Daniel, sospecho que Esteban, y yo éramos
buenos amigos y pasábamos descansos enteros revisando libros y revistas en la
biblioteca. Julián siempre los dibujaba y yo lo admiraba tanto como lo
detestaba por talentoso. Aquella mañana, en clase, sentados en grupo revisando
fotos de barcos, veleros, aviones y carros, encontré la foto de un tren a toda máquina
que me encantó. Me llené de valor y me apresuré a reproducirlo.
No recuerdo con claridad qué
fue lo que me hizo detenerme a los pocos minutos, pero cuando apenas iba en las
ruedas noté que si hacía un par de líneas que no estaban en la imagen original
podría quedar muy parecido a una foto de un carro deportivo que había visto una
vez en algún libro olvidado de mi casa. No lo pensé demasiado, abandoné el plan
original más por hacer algo que me entretuviera hasta que finalizara la clase
que por la idea de dibujar el mejor carro que hubiera hecho jamás. Al final
pasó tanto lo primero como lo segundo. Una vez tomé distancia, miré y lo revisé
con cuidado, era maravilloso. Estaba extasiado. ¿Quién había hecho aquel
flamante cadillac en mi cuaderno y por qué estaba llevándome
yo el crédito? Julián estaba sentado a mi lado y cuando yo aún estaba absorto
en mi obra, él levantó la cabeza y observó lo que había hecho durante los
últimos 45 minutos. "Qué pasta de carro, Celis". No lo podía creer.
"Está más bacano que el mío", yo sentí la euforia inmediatamente. Aquella mañana, después de que la profesora y todos los
compañeros hubieran admirado mi trabajo, empezando por mi ídolo, descubrí que,
una vez superada el escollo de la frustración, los trazos y las líneas me hacían
muy feliz y que además de eso,
podía complacerme el resultado final.
La verdad sea dicha, disfrutaba
la posición en la que yo mismo me ponía en las noches de finales del 2014. Era un
muchacho de 22, solo, que iba a bailar, no le decía que no a ninguna pareja que
le sacara, en un lugar en donde la media de edad superaba los 30 con toda
seguridad. Una amiga solía decir que disfrutaba ser una "presa
fácil". Creo que tenía algo de razón.
Era tal vez noviembre, yo
estaba con Rodrigo discutiendo alguna nimiedad de algún equipo
de fútbol o hablando de alguna canción, como llevábamos meses haciendo cada vez
que coincidíamos en el bailadero de confianza. Era un viernes a mitad de
quincena en los años dorados de nuestro refugio salsero; había gente
suficiente como para poder encontrar con quién bailar durante toda la noche, pero no
tanta como para que no hubiese espacio para hacerlo. En la barra junto al Dj,
el sitio habitual, estábamos nosotros cuando llegaron dos chicas a conversarnos. Una de ellas era recién casada, nos habló de eso toda la noche, y
la otra, la soltera, era más una encargada de aplausos y celebraciones a los
comentarios de su amiga que una personalidad individual y claramente
constituida. Fue bien particular porque lo único que recuerdo con absoluta
certeza de la conversación durante largas horas con ellas era que la Ingeniera nos
hablaba de la mucha plata que su marido tenía. Creo que nunca cambiamos
de tema.
Con la Ingeniera y
su amiga bailamos un par de veces. A decir verdad, nada de aquella noche
hubiera pasado a la posteridad en la vitrina de mis recuerdos, de no ser por lo
que pasó cuando me dijo que si fumábamos, que le regalara un cigarrillo.
En el patio del bar, parados a
más de 3 pasos de distancia, ella me miraba directo a los ojos y yo no captaba
ningún mensaje. Intenté comenzar algún tema y ella me interrumpió de inmediato
con un "¿No me vas a besar?". Quedé de piedra. ¿A qué venía el
monólogo de más de dos horas sobre su esposo, el montón de plata que tenía y lo
mucho que le gustaba estar casada con él? ¿Qué necesidad había de eso? Por su
culpa, yo no paraba de pensar en la imagen de su marido mientras ella estaba
ahí cuestionándome mi falta de iniciativa. ¿Qué estaba pasando? Los rones se
encargaron de borrar la imagen del hombre en cuestión y sus millones capaz de
pagar un matón para el mozo de su esposa, por lo menos por un par de minutos.
Igual, terminé mi trago, le dije a Rodrigo que me iba,
mientras ellas estaban en el baño, que si algo él no sabía nada de mi paradero
y que nos veríamos con seguridad algún otro día pronto. No quería estelarizar
ninguna portada del Q'hubo.
El resto de ese fin de semana
me sentí incómodo, no sé si fue culpa de lo sucedido con doña Ingeniera,
si estaba empezando a fatigarme o qué, sentía que me faltaba algo que no podría
encontrar en un bar del centro de la ciudad y a las 10 p.m. del sábado cogí una
bloc de dibujo que tenía archivado y un par de lapiceros. Recordé un par de
planos de películas que siempre me han gustado y empecé a recrearlos. Para el
lunes a las 5 a.m. tenía ocho dibujos listos y fatigado los escaneé como pude
en mi viejo computador, retoqué un par de manchones y los publiqué en mis
redes. Empezaron a llegar los likes y los comentarios de
congratulación. Al principio de la gente que me quiere y que a todo lo que publico
termina "dándole cariño", me acosté, dormí como cuatro horas y cuando
desperté encontré notificaciones de gente que ni recordaba haber tenido en mis
círculos virtuales.
A los 14 años, en medio de mis
delirios adolescentes, no sé bien qué día, dejé de dibujar. Era más
descrestante querer ser músico, fotógrafo o director de cine. Hasta los 21
nunca volví a tomar un lápiz. Básicamente lo único que me motivó fue la
necesidad de saber si era capaz de apañármelas en el examen específico para
ingresar a Artes Plásticas y para mi sorpresa, parecía que era como andar en
bicicleta.
La madrugada de aquel lunes no
sólo sentí lo mismo que aquella mañana en clase de Tecnología, sino que
descubrí algo que nunca había sentido en mi primera etapa de amor por el
dibujo: su capacidad terapéutica. En esa maratónica jornada, compulsiva, sentí
como cada línea de tinta era una angustia menos.
Ahora debía buscarle un tiempo
a mi amor de infancia entre baile y baile. Y así, entre baile y baile, también
llegó María Andrea. Estábamos condenados a coincidir alguna vez en la vida, bien fuera por su lazo familiar con una de las personas más
queridas por mi familia, bien por nuestro paso por el mismo colegio,
bien por nuestra predilección por el mismo establecimiento nocturno. Lo que me
sorprende es que haya tardado tanto. Era común verla salir "en
hombros" del bailadero y no precisamente triunfante, por lo menos no en la
concepción tradicional del triunfo. A mí, claro está, me encantaba. Algo tiene
la gente de signo Leo que hace que no pueda vivir sin ellos. Así como con mi
padre, ese espíritu altivo y orgulloso me enerva constantemente, pero al mismo
tiempo me dan una sensación de abrigo y protección casi imposible de resistir.
Termino buscándoles, sí o sí, para detestarles por cortos periodos de tiempo y
luego ampararme por la mayoría de éste. María A era Leo y
detestaba que yo le gustara. Era una chica compleja, podría decirse. Faltaban
dos meses para acabar el año 14 y nos encontrábamos cada cierto tiempo, siempre
sin promesas de trascender a esa fugacidad. La vez primera que nos cogió el
cierre de la noche todavía hablando y en medio del coqueteo violento, no en el
mejor sentido de la palabra, nos tocó continuarla sentados en un andén al lado
de un borracho dormido sobre su propio vómito. Un romance agreste.
Si bien ese ímpetu suyo no me
molestaba, había dos detalles que no me terminaban y nunca terminaron de
cuadrarnos. En primer lugar, su poca tolerancia a mi falta de intensidad
constante. Intentó ir con otros manes al bar, para que me alterara; intentó
bailarme de cerca, para luego negarse a bailar conmigo cuando fuera quien la
invitara; intentó hacer de cuenta que yo no existía toda una jornada nocturna y
a mí simplemente no me produjo más que risa. Lo otro fue que por mucho que me
gustara, no lográbamos entendernos bailando. Vamos a decir que tenía una forma
de bailar bastante "autónoma". Un día se cansó, me reclamó y empezó a
aparecer cada vez con menos frecuencia.
Los encuentros semanales se
convirtieron en mensuales, yo también empecé a salir menos, había noches que
prefería pasarlas dibujando. Creo que ya era mayo, ya era 2015, y ella apareció
por penúltima vez, a las 3 de la mañana, a ver si quedaba algo. Terminamos en mi
casa, ella reprochando mi falta de interés, yo justificando mis escuetas
intenciones. Durmió allá, salió de madrugada. Tardó un par de meses en
reaparecerse.
lunes, 30 de julio de 2018
Una constante condena al pasado (parte 1)
Michael lo dijo muchas veces de una manera muy particular
que siempre me causó gracia desde el día que nos conocimos, por allá en enero
del 2005. Me miraba a los ojos con cierta complicidad, dejaba ver esa sonrisa
de nea paisa, que puede ser al mismo tiempo tan enternecedora como amenazante,
y me reprochaba “este man con esa carita de nerdo y de niño bueno, es más vago
y necio que yo”. Nunca fuimos muy
amigos, éramos tan distintos que había pocos intereses comunes que nos
acercaran más allá de la compinchería que surgía cuando estábamos parados
frente a la profesora de turno
intentando explicar por qué no habíamos hecho nuestras tareas. Aún así, la
empatía existía; a veces, incluso, me escogía no de último para su equipo de fútbol
que porque era bueno defendiendo y era cierto, tenía la habilidad no construida
de meter la pata en el momento justo para sacarle el balón al contrincante o
para resistir con mi empeine el batacazo que alguien soltara. Sospecho que sigo
siendo bueno para meter la pata en el momento justo.
Esta historia extensa comienza en donde la dejé hace cuatro
años, un par de meses antes de abandonar por completo este blog. Tal vez era
febrero y yo acababa de pasar a los 22.
Vamos a empezar de manera concreta: me enamoré de una mujer
casi casada. A partir de aquí es pertinente anunciar que los nombres usado
serán para darles un esbozo de identidad a los rostros que no pienso dibujar,
en unos casos por temor, en otros por respeto, en algunos más por cobardía; al
final, lo que importa aquí son las historias que compartí con estas personas y
no quiénes son. Llamaré a la mujer “casada” Agustina.
Habíamos coincidido por primera vez el diciembre inmediatamente anterior, por coincidir me refiero a que yo la invité a salir, y para la época de mi cumpleaños ya había descubierto lo mucho que me gustaba coquetearle y hablábamos abiertamente sobre el tema; de la relación que tenía con otra persona nunca, qué necesidad había. Varias veces discutimos sobre el encanto de coquetear en contraposición a conquistar, lo diferentes que eran, lo mucho que se confundían y lo triste que era, como hablando de nosotros sin mencionarnos. En medio de aquellos meses de incertidumbre planeada apareció como de la nada María Patricia y con ella llegó, además, la época de las Marías. Con ésta estrené algo que, para serles sincero, nunca había sentido hasta su llegada: el deseo notorio y fuerte por mí de alguien que me gustaba. Sonará a una bobada, pero así fue. Aquí es donde me gustaría retomar las palabras de Michael, porque si bien siempre tuve claro que podía ser más vago que él con ventaja, la necedad siempre la puse en duda. Pues bien, para esta época de mi vida, me sentía plácido de estrenar esa necedad que parecía yacer en mí desde hacía más de una década. La necedad y con ella el cinismo, la desidia y el orgullo de quien se siente encumbrado.
De ella debo decir que me gustaba mucho, aunque fue por poco tiempo. Sus ojos grandotes y sus dientes saltones me encantaban. Me gustaba mucho, también, lo mucho que yo le gustaba. Nuestro problema fue al mismo tiempo de intereses comunes como de expectativas. Yo estaba ensimismado en un deseo egoísta de acumular historias de amor, ella parecía querer construir algo más permanente. Ilusos los dos al creer que podíamos llegar a un acuerdo sin si quiera mencionarlo, imbécil yo al irme con sólo una actitud distante y un “tengo derecho a buscar lo que quiero”.
A María Pe. Siempre le quedé debiendo una disculpa, que me negué a dar por orgullo.
Para esta altura, en la que la primera María de esta narración y Agustina parecían historias lejanas, anécdotas, ilusiones truncadas o simplemente malentendidos agrandados, yo seguía en mi empeño de coleccionista. He de aceptar que lo disfrutaba y como si mi dicha no pudiera ser mayor no tardó en aparecer Antonia. Siempre he tenido una fascinación por las mujeres mayores y si bien ella no me llevaba más de un lustro, era más una mujer de lo que yo era un hombre. Con ella descubrí lo que es tener un espacio como guarida para el romance. La intensidad fue mucha; la duración, de nuevo, no fue tanta. Era una mujer hermosa, como pocas veces he visto de cerca. Recuerdo que mi padre la llamaba despampanante. Mi padre, y muchos otros hombres. Salir a la calle con ella era, inevitablemente, desaparecer a su sombra y no me molestaba mucho. Durante nuestra primera cita entendí que la necesidad de la compaginación a la hora de bailar para sentirme plenamente interesado en una persona, que cualquier otro tipo de atractivo que una mujer pudiera despertarme desaparecería, eventualmente, si no me sentía a gusto. Y bailamos, bailamos mucho; en nuestra primera cita, en nuestra segunda cita, antes de comernos por primera vez, cuando estábamos en la luna de miel de los primeros meses juntos, bailamos mucho incluso el día que nos despedimos definitivamente. Hemos vuelto a bailar después. Antonia tenía la particularidad de reprocharme poco, de alcahuetearme mucho y de alterarse con mucha gente menos conmigo. Fue la primera vez que experimenté la completa sinceridad romántica. Una noche, en medio de los deseos crecientes le confesé por primera vez en mucho tiempo, mis miedos enmascarados en actitudes cortantes y trato lejano. Además con ella, incluso, supe lo que era sentir amenazada mi integridad física por culpa de los celos de sus amores pasados. Fue un amor bello. Las diferencias, si es que se les puede llamar así, llegaron demasiado pronto. Básicamente sus fantasmas y la tranquilidad que me daba ella a mí, eran incompatibles. Una noche, sentados en medio de un bar familiar, aclaramos términos. Yo puse las condiciones del contrato, ella decidió no firmarlo y salimos de allí a bailar nuestro amor por última vez. Me fui antes de su cumpleaños, que siempre han sido épocas tan duras para mis historias de amor. Si mis relaciones las tuviera que medir no en meses de duración, sino en cumpleaños celebrados, creo que no me daría el alma para volver a enamorarme.
La última noche que me visitó con intención de remover los cariños asentados, una de sus amigas me reclamó por ella en una conversación muy amena para el contexto, con un par de tragos y con la misma sonrisa picarona y desafiante de Michael, la canallada que era que con esta “carita de niño bueno” fuera un tipo seco y frío. Ella medio sonreía, éramos los últimos del bar. Por la vergüenza del reclamo del que me sentí justa y fuertemente culpable, fui incapaz de irme con ella al finalizar la noche y establecí el punto final.
Se acercaba el fin del 2014. Bailaba, esta vez sólo, cada vez de manera más frecuente y hasta enfermiza, me emborrachaba tres y cuatro veces a la semana, conocí gente que hoy sería incapaz de distinguir, hablé con miles de personas en inglés, francés, italiano y una vez hasta intenté el alemán.
Besé un par de alientos, toqué varios cuerpos y acumulé historias que ni siquiera yo puedo recordar del todo hoy. Cumplí el objetivo que me había impuesto. Aun así, algo me impulsaba a seguir haciendo de la noche una guarida, sabía que me faltaban cosas. Sabía que había más que se acercaba con un rugido estremecedor.
viernes, 27 de julio de 2018
Vuelvo a ti
Hace justo cuatro
años, menos cuatro días, abandoné este espacio en un intento tonto de reforzar
mi capacidad discursiva más allá de la redundancia y el rimbombante refugio del
lenguaje textual. Quise ser más directo, más conciso, más visual, más
certero. Hoy, sin duda, soy más visual pero de todo lo demás poco hay. Tarde,
como siempre, entendí que no hay lenguaje que lo pueda narrar todo; tarde, como
siempre, regreso.
Bien ¿qué ha pasado
en este tiempo? Muchísimo y material
para llenar renglones de este blog no faltará por un largo rato. Sigo abandonando
cosas, sitios y personas que amo por
esos malditos arranques de creer que debo renunciar a éstos para poder avanzar. He sido infeliz muchas
veces con un gran paréntesis de dicha en medio, dibujo mejor, cocino mejor, encontré
un refugio en el baile que perdí, llevo
poco más de un año inmerso en una rutina agobiante de la que no encuentro salida, conozco mejor a mi padre,
constantemente renuncio a ser feliz, he abordado cientos de causas perdidas,
puedo huir menos de mí, me parezco más a mi padre, tengo whatsapp e instagram, le
cogí gusto a bañarme por las noches, saqué diplomado en desayunos entre el amor, esta ciudad me agobia cada día más, extraño
más noches que antes, aprendí que mi terquedad es inconmensurable y me levanto
cada día con ganas de dedicar una canción de plancha diferente.
Cuando me fui
juré no regresar sin haber cumplido mi meta.
Pues bien, regresé antes de lo imaginado, derrotado y sin propósito; con deudas
éticas y económicas. Aporreado de mil maneras y viendo la situación
completamente desesperanzadora.
Como ya lo cantó
Manolo Otero, “Vuelvo a ti”, con la voz cínica y vergonzante de quien regresa a
buscar el refugio de quien decidió, decidió mal e intenta enmendar sus errores
inmerso en un gesto de gallardía y grandilocuencia pero manchado de innegable
torpeza.
“Otros caminos
quise andar”, pero cada paso que di
siempre me condujo de regreso al vacío dentro del pecho que le nombraba
desesperado, carente e incierto; tanto que a esta altura no sé si hablo de este
espacio o de alguien más.
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