De pronto, en medio de una noche cualquiera, me sorprendí intentando recordar un rostro hasta no hace muchos años conocido. Una canción que sonaba, en el ayer más reciente, me llevó al aroma de una piel, en el ayer más lejano, que ya no me era tan familiar. Una chica que fue un amor que no fue. Una noche lluviosa, como me gusta recordar las noches que no me interesa clasificar. La canción que le gustaba por su novio, la canción que me gustaba por ella. Todo eso que fui un par de años atrás, todo aquello que no recordaba, todo lo que dejé de lado, lo que creía y lo que quise. Todo lo que quizás fue, todo lo que nunca será.
De golpe, por un sabor y una canción, un completo desconocido se me plantó al frente, presentándose con mi nombre, mi rostro y mi voz, pero con aire distinto; pero con otro brillo en los ojos.
El recuerdo certero e involuntario planteó en mi estómago la inquietud de saber cuántos amores del pasado podría recordar, cuántos yo enamorados en el pasado podría reconocer y qué podría ser de todas estas personas justo en el momento en el que nadie volvió a verles. Yo, por mi parte, sabía que no volví a ver a cada uno de esos sujetos que fui, justo en el preciso momento en el que dejé de serles. Con ellas, la historia tendería a ser diferente.
De tantas canciones disponibles para hacer de puente, de tantos lugares habitados; tantas calles caminadas con la ilusión en la frente de tener cerca unos ojos cómplices, tantas otras que caminé con el cuerpo derrotado y la ilusión escurriéndose por el mentón.
Tantas que se marcharon, tantas otras con quienes no pude volver a hablar. Las que simplemente prefirieron dejar de hacerlo.
Entre quienes no volvieron a aparecer más que como fantasmas no queda más que agradecimiento por permitirme, hoy por hoy, el privilegio de dejar morir todo lo que fui en ellas, con la dignidad que merece. Allá, en el hades de la añoranza residen con la belleza propia de lo que ya no puede vivirse más que por la reconstrucción caprichosa del recuerdo. A ellas, las que se evaporaron, quienes sólo aparecen como a mí me da la gana; a ellas, gracias por ser esos vacíos que puedo llenar y reinterpretar cada cierto tiempo.
A quienes amé a la sombra, por periodos fútiles y fugaces; quienes me enseñaron inconscientemente la brevedad de lo eterno, que son momentos tan cortos como precisos. Ellas, que son sabores puntuales, horas exactas, aromas inconfundibles, lugares con firma. Son días tan cortos que son mis autorretratos más fieles. A ellas, con quienes soñé eternidades eufóricas durante unas cuantas horas.
Tanto, tanto que no fue, ni será. Todo eso vuelve a ser y es como si todo lo que ya murió reviviera con su dosis justa de deterioro, algunas horas al día, cuando vuelvo a pasar por las calles en que les besé o bajo las lluvias en las que no me dejaron besarles. Todo cuanto recuerdo cada que las veo pasar a lo lejos, sin que puedan reconocerme, así como no logro reconocerme cuando les veo. A ellas, en quienes viven esos tipos que dejé vivir.
domingo, 20 de julio de 2014
viernes, 18 de abril de 2014
Cada día trae su afán
Lejos del aletargamiento de la semana mayor, la inactividad económica y el aparente voto de silencio producto del recogimiento espiritual, acompañado de un no tan leve tufillo anisado, pareciera que llegan días insurrectos, declarándose autónomos y soberanos de la hegemonía de la resurrección.
Pero ¿cómo desligarse de la semana en la que se recuerda la muerte y posterior resurrección del personaje más importante de la mitología occidental? Sencillo, acortando los tiempos de la pasión y condensando el vértigo emocional y sensible a escasas 24 horas. Sin entradas con palmas a pueblo alguno, sin lavatorios de pies, sin ahorcamientos, sin treinta monedas, sin desmedidas procesiones de ídolos inmóviles; matando a un narrador, luego de haber acabado con un bolero.
Algunos días la adormilada cotidianidad nos sugiere con descaro la perpetua duración de la ilusión en la que vivimos. Otros, más sensatos, pero escasos, nos plantean una realidad distinta. La mañana llega con la partida y la lluvia amenaza sin dar la cara, el calor de la infancia nos deja claro que cada vez se encuentra más lejos y las voces dulces que la acompañaron van desapareciendo del espectro cercano. En la tarde, los ojos verdes de la interlocutora sirven de espejo para mirar hacia adentro, viendo un rostro distinto al propio, en un jugueteo de complicidad delicado y delicioso que anuncia la muerte del día y acompaña la del cronista que retrató el rincón del mundo que estos dos personajes han habitado.
La incertidumbre es la norma, cualquiera puede morir antes de que alguien nazca; cualquiera puede nacer antes de que alguien muera. Y los ojos verdes de aquel jueves acompañan cómplices, sonríen, cuestionan, se irritan, vuelven a sonreír y desaparecen.
Ya cuando el día no es más que noche, y la embriaguez es el sustento del extraño ecosistema, la fraternidad y celebración, propia de cualquier narración fantástica o algún un son montuno, dejan en claro lo que es la vida en un rincón del mundo entre dos océanos, al sur del progreso y al occidente de la cultura. La vida, la celebración de ésta, su fin o su reflexión cómplice y coqueta, se marchan con el narrador, el bolero, la noche, el alcohol, la celebración y los ojos verdes, para dar paso a un día sin tanto afán.
Pero ¿cómo desligarse de la semana en la que se recuerda la muerte y posterior resurrección del personaje más importante de la mitología occidental? Sencillo, acortando los tiempos de la pasión y condensando el vértigo emocional y sensible a escasas 24 horas. Sin entradas con palmas a pueblo alguno, sin lavatorios de pies, sin ahorcamientos, sin treinta monedas, sin desmedidas procesiones de ídolos inmóviles; matando a un narrador, luego de haber acabado con un bolero.
Algunos días la adormilada cotidianidad nos sugiere con descaro la perpetua duración de la ilusión en la que vivimos. Otros, más sensatos, pero escasos, nos plantean una realidad distinta. La mañana llega con la partida y la lluvia amenaza sin dar la cara, el calor de la infancia nos deja claro que cada vez se encuentra más lejos y las voces dulces que la acompañaron van desapareciendo del espectro cercano. En la tarde, los ojos verdes de la interlocutora sirven de espejo para mirar hacia adentro, viendo un rostro distinto al propio, en un jugueteo de complicidad delicado y delicioso que anuncia la muerte del día y acompaña la del cronista que retrató el rincón del mundo que estos dos personajes han habitado.
La incertidumbre es la norma, cualquiera puede morir antes de que alguien nazca; cualquiera puede nacer antes de que alguien muera. Y los ojos verdes de aquel jueves acompañan cómplices, sonríen, cuestionan, se irritan, vuelven a sonreír y desaparecen.
Ya cuando el día no es más que noche, y la embriaguez es el sustento del extraño ecosistema, la fraternidad y celebración, propia de cualquier narración fantástica o algún un son montuno, dejan en claro lo que es la vida en un rincón del mundo entre dos océanos, al sur del progreso y al occidente de la cultura. La vida, la celebración de ésta, su fin o su reflexión cómplice y coqueta, se marchan con el narrador, el bolero, la noche, el alcohol, la celebración y los ojos verdes, para dar paso a un día sin tanto afán.
Etiquetas:
adios,
Aquellos,
bolero,
Cheo Feliciano,
Gracia Marquez,
Jueves,
narración,
ojos,
verdes
martes, 18 de marzo de 2014
En algún momento de la noche
cuando todavía no dormía, pero no estaba despierto
todo aquello que conozco como espacio y tiempo
se abrazó en mí, para no ser ninguno.
Como en la más desquiciada de las narraciones mitológicas
un molusco informe y traslúcido envolvía a una nube
nube de vacío, nube de interpretación
dispuesta a llenarse con cada mensaje que su contraparte
brindarale
y en el estrecho margen que les separaba
surgía yo, retorciéndome entre el sentido y la sensación.
Fue tan eterno este encuentro sexual entre cuerpos celestes
como el par de minutos que duró.
Cuando la distancia entre ambos no fue más
cuando mi cuerpo les tocó al tiempo, desaparecieron
y todo en mí fue un río de imágenes familiares desbordando
torrentes sanguíneos.
Dentro de la ilusión que fui, reconocí tactos que había
sentido
pude ver miradas que me había encontrado antes
reconocí sabores de otras pieles, olores de otros sudores,
sonidos de otros pulmones.
En algún momento de la noche, de este tiempo, de este
espacio
mientras sin planearlo buscaba caer sumiso ante el sueño,
surgí en un espacio y en un tiempo que no conocía para ser
algo que nunca fui.
Un par de minutos después, desperté en el lugar en el que
siempre había sido
descubriendo que en mi muerte no hay luz al final de ningún
túnel
ni la revisión juiciosa del anecdotario de mi vida.
Allí, en aquel entonces en el que por minutos morí
todo fue un encuentro sexual en algún paraje desconocido
en donde por un breve pestañeo, de nuevo nací.domingo, 10 de noviembre de 2013
Siempre la ausencia
Opto por enamorarme de las ausencias. De Leticia me enamoré justo en el momento en el que se despidió, luego de haberme pedido una última calada, cuando mi cuello y mi cigarrillo todavía conservaban el rastro de su aroma. Ella caminaba hacia el espacio donde mis ojos miopes sólo ven manchas y de a pocos ella, que minutos antes era sudor contra mi pecho, se convirtió en una mancha más. Fue ahí cuando su sombra, lo único que dejó, se volvió mi amor.
Me enamoro en la ausencia, porque sólo allí puedo descubrir qué quedó al final. Qué es lo que no se irá. Así fue con la chica de extraño nombre, quien se disculpaba por su tristeza, mientras yo intentaba secar un par de sus lágrimas; mientras intentaba hacerla sonreír. Fue cuando se marchó y cuando la luz roja no la acarició más, que contemplé cómo su bellos ojos brillantes y oscuros ya me hacían falta. No podría sentir que fuera triste. Es el vacío, siempre, mi parte favorita de las personas, aun de mi madre con sus confesiones y consejos post mortem. La pequeña libreta de La Mujer, de páginas ocre, con manchas de tinta y humedad, que me dejó cuando partió para que yo evitara recordar cualquier cosa que no estuviera dentro de sus intereses, confirmándome su cínico pero delicioso interés por construir con premeditación su figura exacta en mis recuerdos y su silueta perfectamente delineada en mi olvido.
Y es que es en la ausencia, en la nostalgia por lo que fue, en el dolor en donde relucen los desencuentros, los gritos, los mordiscos, lo grotesco, es la suciedad lo que va encontrando espacio. Sentándome en el andén de mis tardes, cuando pasa gente que no me conoce y cuando me escondo de la que me conoce, amo sus ausencias, sueño con reencuentros que no ocurrirán o celebro que hay un lugar, aunque oscuro y frío, en donde habitan tanto ellas como yo. Como con La Belleza, quien se despidió en medio de la lluvia y la amargura del cigarrillo y el café, como en un tango mal cantado, conservando sus trazos, una foto de su sonrisa, una tarde que lloró por nosotros y la ausencia, siempre la ausencia, de las calles que ya no camina.
Me enamoro en la ausencia, porque sólo allí puedo descubrir qué quedó al final. Qué es lo que no se irá. Así fue con la chica de extraño nombre, quien se disculpaba por su tristeza, mientras yo intentaba secar un par de sus lágrimas; mientras intentaba hacerla sonreír. Fue cuando se marchó y cuando la luz roja no la acarició más, que contemplé cómo su bellos ojos brillantes y oscuros ya me hacían falta. No podría sentir que fuera triste. Es el vacío, siempre, mi parte favorita de las personas, aun de mi madre con sus confesiones y consejos post mortem. La pequeña libreta de La Mujer, de páginas ocre, con manchas de tinta y humedad, que me dejó cuando partió para que yo evitara recordar cualquier cosa que no estuviera dentro de sus intereses, confirmándome su cínico pero delicioso interés por construir con premeditación su figura exacta en mis recuerdos y su silueta perfectamente delineada en mi olvido.
Y es que es en la ausencia, en la nostalgia por lo que fue, en el dolor en donde relucen los desencuentros, los gritos, los mordiscos, lo grotesco, es la suciedad lo que va encontrando espacio. Sentándome en el andén de mis tardes, cuando pasa gente que no me conoce y cuando me escondo de la que me conoce, amo sus ausencias, sueño con reencuentros que no ocurrirán o celebro que hay un lugar, aunque oscuro y frío, en donde habitan tanto ellas como yo. Como con La Belleza, quien se despidió en medio de la lluvia y la amargura del cigarrillo y el café, como en un tango mal cantado, conservando sus trazos, una foto de su sonrisa, una tarde que lloró por nosotros y la ausencia, siempre la ausencia, de las calles que ya no camina.
domingo, 11 de agosto de 2013
Tantas mujeres
No es casualidad que muerte, melancolía y noche sean palabras de género femenino; igualmente, no es casualidad que anhelo y grito no lo sean.
Caduco cíclicamente y cada que resurjo, es una de ellas quien sedúceme a desaparecer. Agradezco la intención.
Ya sea en ojos pétreos y oleaginosos, que desarman hasta mi más firme ímpetu. O, bien, en esos que más son ámbar que verdes; cándidos, cínicos, maliciosos, descarados, granujas, traviesos... ¡Ah! Cuán seductores son los ojos bribones de la melancolía. Ya sea en unos o en otros, doblegado, siempre caigo sin tesón ante ellas.
Y es que cuando no es alguna de ellas quien doblega mi voluntad, siempre aparece otra, sea la voz, sea la belleza, sea la razón, sea la insensatez, sea la lluvia o la mañana, siempre llega una mujer a recordarme que no soy autónomo, que no me valgo de mí mismo. Malditas sean, todas, malditas por abandonarme cada que les provoca; por dejarme ir, cada que se me antoja. Malditas todas las hijas de Zeus, de Eva y de Visnú.
Pero, aun con la fortaleza de todas ellas, no hay mujer más implacable, no hay alguna más detestable, no ninguna más adorada que la estruendosa provocación. Mujer, que es provocación; provocación, que es mujer. Es de cobardes abandonar una confrontación, pero es de estúpidos continuar una disputa, cuando no hay posibilidad de ganar. Saberse derrotado y continuar la lucha es de cínicos. El cinismo, por su puesto y por lo pronto, ha de ser hombre y yo, idiota que soy, he de ser un hombre cínico.
Les maldigo, mujeres. A todas ustedes les debo que en las noches no pueda dormir, no poder habitar este planeta sin mirar a mi alrededor. Les maldigo, agradecido por corroer plácidamente esta insípida voz.
Caduco cíclicamente y cada que resurjo, es una de ellas quien sedúceme a desaparecer. Agradezco la intención.
Ya sea en ojos pétreos y oleaginosos, que desarman hasta mi más firme ímpetu. O, bien, en esos que más son ámbar que verdes; cándidos, cínicos, maliciosos, descarados, granujas, traviesos... ¡Ah! Cuán seductores son los ojos bribones de la melancolía. Ya sea en unos o en otros, doblegado, siempre caigo sin tesón ante ellas.
Y es que cuando no es alguna de ellas quien doblega mi voluntad, siempre aparece otra, sea la voz, sea la belleza, sea la razón, sea la insensatez, sea la lluvia o la mañana, siempre llega una mujer a recordarme que no soy autónomo, que no me valgo de mí mismo. Malditas sean, todas, malditas por abandonarme cada que les provoca; por dejarme ir, cada que se me antoja. Malditas todas las hijas de Zeus, de Eva y de Visnú.
Pero, aun con la fortaleza de todas ellas, no hay mujer más implacable, no hay alguna más detestable, no ninguna más adorada que la estruendosa provocación. Mujer, que es provocación; provocación, que es mujer. Es de cobardes abandonar una confrontación, pero es de estúpidos continuar una disputa, cuando no hay posibilidad de ganar. Saberse derrotado y continuar la lucha es de cínicos. El cinismo, por su puesto y por lo pronto, ha de ser hombre y yo, idiota que soy, he de ser un hombre cínico.
Les maldigo, mujeres. A todas ustedes les debo que en las noches no pueda dormir, no poder habitar este planeta sin mirar a mi alrededor. Les maldigo, agradecido por corroer plácidamente esta insípida voz.
miércoles, 7 de agosto de 2013
Aquella noche
Aquella noche, entre la fatiga, se me camufló un soplo de gozo. A pocos días de haber sido presente el pasado, ya dudo recordar su rostro y creo que mi imagen de ella es más ficción que cualquier otra cosa. Y aun así, aquella noche encontré sus ojos en un rincón caluroso; emanando alcohol, sudor y ganas. Sedientos, inapropiados, cínicos, carentes.
Aquella noche, la censura no se me cruzó por la cabeza. La noche empezó sin saber quién era ella y, cuando termino, ninguno de los dos sabía quiénes eramos.
Me encontré mirándole a los ojos y por un par de minutos olvidé cómo hablar, quién era, en dónde estaba, qué sería de mi vida luego de esa noche. La conversación fue muy corta, el diálogo no lo fue. Me contó de su fascinación por el calor, de los caprichos de su cuerpo, de la nostalgia que siente, de sus intervalos para fumar cada tanto, de su poca preocupación; pero no me dijo nada acerca de ello. Fue mí dolor, mi pena, mi redención, mi emoción, mi sueño, mi perdición, mi muerte y mi aberración; a pesar de ello, si le preguntan al mundo, por esas horas ninguno de los dos existió. Aquella noche, no me contó cuántos hermanos tiene, ni cómo cocina su mamá; no me dijo cuántos hijos quiere tener, ni si desea envejecer, no sé cuál es su color favorito, ni como prefiere el café, pero la conocí tanto que, hoy, casi me siento culpable por involuntariamente olvidarle.
Luego, el recuerdo es un poco difuso. Sé que me despedí de ella cuando ya el sol, siempre tan inoportuno, opinaba que no deberíamos vernos más. No hubo despedidas, no hubo promesas, no hubo planes, no sé qué hizo al día siguiente, no sé qué hizo los días después; yo la miré por última vez, ya con sus ojos verdes sometidos a la violencia de luz matutina, y ella autorizó mi partida. Yo dejé uno de mis tantos últimos alientos de vida, ella dejó sobre mi cuello un frágil recuerdo de las yemas de sus dedos y oficialmente acabo aquella noche para los dos.
Aquella noche se llamo Leticia y nunca más volverá a llevar ese nombre. Nunca más la volveré a ver, a ella y a esa noche; a esa noche y a ella. A ellas dos, que fueron el mismo ser.
domingo, 14 de julio de 2013
De sus piernas a mi boca
Y miré a mi alrededor, con la cabeza adolorida y todavía mareado, pero no pude ver nada que llamara mi atención. Me escondí entre la penumbra, que otorgaba mi persiana, de la euforia del día soleado. Me mantuve por horas aletargadas con el malestar bien ganado de la noche anterior y con el recuerdo de sus piernas de muchos días atrás. Me bebí, como correspondía, los restos de alcohol que quedaban entre latas y botellas, para luego caer sumiso ante los caprichos de mi cuerpo imposibilitado y, de nuevo, recordé sus piernas.
No fue una buena idea, no tomé las decisiones acertadas. No supe, ni sé, cuándo debí parar. Mi espalda dolía, la garganta no respondía y mi labio inferior ardía, ausente de mordeduras. Era un cuadro clínico patético, era el cinismo típico que regresaba cada que intentaba acallar voces que todavía no sé de dónde surgen. Mi lecho de muerte truncado. Podía sentir cómo aumentaba mi miopía, cómo se evaporaba mi saliva, cómo se retorcían mis vísceras; el sofoco era insoportable y de nuevo, aparecía ella y el recuerdo del sabor de sus piernas aplacaba un poco la resequedad en mi boca.
El deseo y las ganas eran un tema confuso. La soledad, pero sobre todo la desolación, eran compañeras aún más amargas e ingratas, aunque mucho más cómodas. Yo, en proceso de putrefacción, agonizando por voluntad propia, y seguía pensando en ella. Era incómodo, además de vergonzoso.
Era ella, aquella tarde en mi cabeza, el delirio del maldito y el placebo de quien agoniza por una gripa insulsa. Era más fácil penar por extrañar su aroma e intoxicarme con su ausencia, que por el sufrimiento físico que no duraría más de dos horas.
Sólo de vez en cuando despertaba de la fantasía de su recuerdo; cuando era insoportable la incomodidad o cuando el calor empezaba a cocer a fuego lento mis sesos. Me quejaba, intentaba dormir, hablaba solo, me escondía entre mis cobijas, me obligaba a recibir la candidez del día veraniego, y volvía a refugiarme. Pero, de pronto, mientras volvía a cesar la pena, reaparecía el sabor de sus piernas y sanaba un poco la resequedad de mi boca.
No fue una buena idea, no tomé las decisiones acertadas. No supe, ni sé, cuándo debí parar. Mi espalda dolía, la garganta no respondía y mi labio inferior ardía, ausente de mordeduras. Era un cuadro clínico patético, era el cinismo típico que regresaba cada que intentaba acallar voces que todavía no sé de dónde surgen. Mi lecho de muerte truncado. Podía sentir cómo aumentaba mi miopía, cómo se evaporaba mi saliva, cómo se retorcían mis vísceras; el sofoco era insoportable y de nuevo, aparecía ella y el recuerdo del sabor de sus piernas aplacaba un poco la resequedad en mi boca.
El deseo y las ganas eran un tema confuso. La soledad, pero sobre todo la desolación, eran compañeras aún más amargas e ingratas, aunque mucho más cómodas. Yo, en proceso de putrefacción, agonizando por voluntad propia, y seguía pensando en ella. Era incómodo, además de vergonzoso.
Era ella, aquella tarde en mi cabeza, el delirio del maldito y el placebo de quien agoniza por una gripa insulsa. Era más fácil penar por extrañar su aroma e intoxicarme con su ausencia, que por el sufrimiento físico que no duraría más de dos horas.
Sólo de vez en cuando despertaba de la fantasía de su recuerdo; cuando era insoportable la incomodidad o cuando el calor empezaba a cocer a fuego lento mis sesos. Me quejaba, intentaba dormir, hablaba solo, me escondía entre mis cobijas, me obligaba a recibir la candidez del día veraniego, y volvía a refugiarme. Pero, de pronto, mientras volvía a cesar la pena, reaparecía el sabor de sus piernas y sanaba un poco la resequedad de mi boca.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

