Y miré a mi alrededor, con la cabeza adolorida y todavía mareado, pero no pude ver nada que llamara mi atención. Me escondí entre la penumbra, que otorgaba mi persiana, de la euforia del día soleado. Me mantuve por horas aletargadas con el malestar bien ganado de la noche anterior y con el recuerdo de sus piernas de muchos días atrás. Me bebí, como correspondía, los restos de alcohol que quedaban entre latas y botellas, para luego caer sumiso ante los caprichos de mi cuerpo imposibilitado y, de nuevo, recordé sus piernas.
No fue una buena idea, no tomé las decisiones acertadas. No supe, ni sé, cuándo debí parar. Mi espalda dolía, la garganta no respondía y mi labio inferior ardía, ausente de mordeduras. Era un cuadro clínico patético, era el cinismo típico que regresaba cada que intentaba acallar voces que todavía no sé de dónde surgen. Mi lecho de muerte truncado. Podía sentir cómo aumentaba mi miopía, cómo se evaporaba mi saliva, cómo se retorcían mis vísceras; el sofoco era insoportable y de nuevo, aparecía ella y el recuerdo del sabor de sus piernas aplacaba un poco la resequedad en mi boca.
El deseo y las ganas eran un tema confuso. La soledad, pero sobre todo la desolación, eran compañeras aún más amargas e ingratas, aunque mucho más cómodas. Yo, en proceso de putrefacción, agonizando por voluntad propia, y seguía pensando en ella. Era incómodo, además de vergonzoso.
Era ella, aquella tarde en mi cabeza, el delirio del maldito y el placebo de quien agoniza por una gripa insulsa. Era más fácil penar por extrañar su aroma e intoxicarme con su ausencia, que por el sufrimiento físico que no duraría más de dos horas.
Sólo de vez en cuando despertaba de la fantasía de su recuerdo; cuando era insoportable la incomodidad o cuando el calor empezaba a cocer a fuego lento mis sesos. Me quejaba, intentaba dormir, hablaba solo, me escondía entre mis cobijas, me obligaba a recibir la candidez del día veraniego, y volvía a refugiarme. Pero, de pronto, mientras volvía a cesar la pena, reaparecía el sabor de sus piernas y sanaba un poco la resequedad de mi boca.
domingo, 14 de julio de 2013
lunes, 24 de junio de 2013
La Orillera
Moriré de madrugada
y será en Medellín.
Volveré, sumiso,
a la hora del amanecer.
Volveré, porque he de morir.
Volveré, aunque no me haya ido.
Ella, esperará por mí
como espera siempre el amor.
Ella, esperará mi regreso
entre el dolor
y el llanto
como espera siempre el amor.
Y es que fue allí,
con ella, en ella,
en dónde conocí su aroma.
Ese perfume de ron
balas y sudor
que me enamoró
durante las noches, embriagados de nostalgia,
amados durante el limbo de las horas
en las que nace el día
cuando no llega a ser de madrugada
pero ya no es media noche.
Cómo no querer volver
si fue en ella,
una madrugada ya hace mucho tiempo,
en la que se me destinó morir.
En ella,
que no revela su verdadero nombre,
perdí todo cabal
que pude algún día tener.
Me adentré hacia el margen,
llegué a la orilla
y me enterré.
Fue ella
quien entre guiños e insinuaciones
me pidió no escuchar
lo que por obligación
debía decir.
Ella que me enamoró con putería
con barbarie, con violencia.
Ella me enseñó el agresivo calor del amor.
Moriré
volveré
naceré
Ella siempre estuvo antes que yo.
Se irá mucho después de mí.
La bauticé La Orillera
hace muchas muertes
en medio de una borrachera
cuando sólo ella me escuchó
y aunque muchos otros la nombraron
y muchos más lo harán
le puse un nombre para mí
para que me odie cada que lo recuerde.
Porque la odio, volveré a morir;
para que me odie, volveré a morir.
Moriré de madrugada
y será en Medellín.
porque entre madrugadas la amé
porque entre madrugadas me odió.
Moriré
porque allí nací
porque allí me maldijo.
Allí, ella, me obligó a amarla;
allí, la obligue a hacerme daño
sólo como yo quise.
Moriré, una vez más,
por penúltima vez
cuando deje de respirarle
y un ron sin beber
cantará por mí,
a ella
para embriagarla a mi nombre
una vez más.
Moriré así, aunque no ocurra jamás.
La Orillera se obligará a repetir que no me recuerda
Aunque nunca más me pueda olvidar.
y será en Medellín.
Volveré, sumiso,
a la hora del amanecer.
Volveré, porque he de morir.
Volveré, aunque no me haya ido.
Ella, esperará por mí
como espera siempre el amor.
Ella, esperará mi regreso
entre el dolor
y el llanto
como espera siempre el amor.
Y es que fue allí,
con ella, en ella,
en dónde conocí su aroma.
Ese perfume de ron
balas y sudor
que me enamoró
durante las noches, embriagados de nostalgia,
amados durante el limbo de las horas
en las que nace el día
cuando no llega a ser de madrugada
pero ya no es media noche.
Cómo no querer volver
si fue en ella,
una madrugada ya hace mucho tiempo,
en la que se me destinó morir.
En ella,
que no revela su verdadero nombre,
perdí todo cabal
que pude algún día tener.
Me adentré hacia el margen,
llegué a la orilla
y me enterré.
Fue ella
quien entre guiños e insinuaciones
me pidió no escuchar
lo que por obligación
debía decir.
Ella que me enamoró con putería
con barbarie, con violencia.
Ella me enseñó el agresivo calor del amor.
Moriré
volveré
naceré
Ella siempre estuvo antes que yo.
Se irá mucho después de mí.
La bauticé La Orillera
hace muchas muertes
en medio de una borrachera
cuando sólo ella me escuchó
y aunque muchos otros la nombraron
y muchos más lo harán
le puse un nombre para mí
para que me odie cada que lo recuerde.
Porque la odio, volveré a morir;
para que me odie, volveré a morir.
Moriré de madrugada
y será en Medellín.
porque entre madrugadas la amé
porque entre madrugadas me odió.
Moriré
porque allí nací
porque allí me maldijo.
Allí, ella, me obligó a amarla;
allí, la obligue a hacerme daño
sólo como yo quise.
Moriré, una vez más,
por penúltima vez
cuando deje de respirarle
y un ron sin beber
cantará por mí,
a ella
para embriagarla a mi nombre
una vez más.
Moriré así, aunque no ocurra jamás.
La Orillera se obligará a repetir que no me recuerda
Aunque nunca más me pueda olvidar.
sábado, 1 de junio de 2013
Volver
Vuelvo, sin saber a ciencia cierta por qué, cuándo o si de verdad me fui. Al mirar el espejo, puedo corroborar que mi rostro no es el mismo. Vuelvo, pero sin buenas nuevas; vuelvo, buscando ayuda, pidiendo a gritos mi auxilio, dado que decidí huir de todo aquel que pudiera darme esbozos de calma, como se ha vuelto costumbre. Pido por mí, frente a una deidad vacía. Intercedo por mí ante mí. La ilusión de compañía sólo confunde a mí soledad. Vuelvo en busca de mí, porque llevo meses siendo un muerto dentro de mi cuerpo. Me ahogo.
Vuelvo a escribirme, porque me encierra el miedo. No hago nada por mí y sólo trato mal. Paso noches en vela girando alrededor de la belleza, pero cuando llega el día, no soy capaz de buscar a quien ocupaba mi insomnio. No quiero hacer nada de lo que me piden, no hago nada de lo que quiero. Miento, engaño, me escondo, tengo miedo. No me interesa hablar, no me interesa escuchar. Paso las mañanas fumando, para evitar despertar; me paso las tardes fumando, para evitar hablar; me paso las noches fumando, para evitar escuchar. Quiero buscarle e invitarla a pasar un rato conmigo, a contarle que un recuerdo frágil de sus ojos y de su beso (o tal vez, sólo un sueño) sirve para alimentar algo que no tiene ni razón, ni sentido, pero que me mantiene despierto cada vez que su silueta se me insinúa en cada sombra. Quisiera buscarle y contarle que deseo que se marche pronto, no porque quiera que se vaya, pero sí porque la ida implica gran parte de su alegría. Quisiera escucharle, en medio de la lluvia, entre el frío y tan solo sonreírle como idiota. Quisiera buscarle, porque sé que se irá y aunque no quiera que se quede, ni que me ame, ni que me recuerde, ni que me espere, ni que me extrañe; quisiera contarle que en las madrugadas la sueño, porque en las noches busco que me acompañe. Pero no lo he hecho, porque hasta ahora vuelvo; no lo he hecho, porque ni siquiera yo soy capaz hablarme.
Vuelvo a escribirme, porque me necesito. Vuelvo, porque me cansé de ese maquillaje vacuo de tontería, risa y charlatanería en el que me escondo. Vuelvo para ver si algún día soy capaz de darle la cara al mundo. Repito, repito y repito que vuelvo, pero todavía no me veo por ningún lado.
Vuelvo a escribirme, porque me encierra el miedo. No hago nada por mí y sólo trato mal. Paso noches en vela girando alrededor de la belleza, pero cuando llega el día, no soy capaz de buscar a quien ocupaba mi insomnio. No quiero hacer nada de lo que me piden, no hago nada de lo que quiero. Miento, engaño, me escondo, tengo miedo. No me interesa hablar, no me interesa escuchar. Paso las mañanas fumando, para evitar despertar; me paso las tardes fumando, para evitar hablar; me paso las noches fumando, para evitar escuchar. Quiero buscarle e invitarla a pasar un rato conmigo, a contarle que un recuerdo frágil de sus ojos y de su beso (o tal vez, sólo un sueño) sirve para alimentar algo que no tiene ni razón, ni sentido, pero que me mantiene despierto cada vez que su silueta se me insinúa en cada sombra. Quisiera buscarle y contarle que deseo que se marche pronto, no porque quiera que se vaya, pero sí porque la ida implica gran parte de su alegría. Quisiera escucharle, en medio de la lluvia, entre el frío y tan solo sonreírle como idiota. Quisiera buscarle, porque sé que se irá y aunque no quiera que se quede, ni que me ame, ni que me recuerde, ni que me espere, ni que me extrañe; quisiera contarle que en las madrugadas la sueño, porque en las noches busco que me acompañe. Pero no lo he hecho, porque hasta ahora vuelvo; no lo he hecho, porque ni siquiera yo soy capaz hablarme.
Vuelvo a escribirme, porque me necesito. Vuelvo, porque me cansé de ese maquillaje vacuo de tontería, risa y charlatanería en el que me escondo. Vuelvo para ver si algún día soy capaz de darle la cara al mundo. Repito, repito y repito que vuelvo, pero todavía no me veo por ningún lado.
sábado, 9 de marzo de 2013
Él, que siempre fui yo.
Él, que era yo, llegó de nuevo a seguir de largo; a andar de paso. Seguía siendo, a pesar de los días, una ilusión entre horas; desazón en hora de bares. Él, que era yo, seguía siendo la tranquilidad ajena.
Ella, que era cualquiera, seguía apareciendo a deshoras, justo cuando él dormía. Tomaba rostro, cuerpo o voz, pero nunca todos al mismo tiempo. Él, que no salía a buscarla porque podía encontrarle. Ella, que podía ser alguna, dejaba de serlas justo cuando él creía que tal vez podría ser solamente una. Algunas, que eran ella, en un beso despertaban.
Yo, que era él, decidí jugar por jugar, por no dejar, hacer por hacer, sin más deseo que al despertar poder desaparecer con facilidad. Ella, yo, algunas y él, decidimos, por economizar pesares, por malgastar azares, por burlar los encuentros, que era más fácil sofocarnos a besos que quedarnos a hablar. Él, que era alguno, prefirió esperar a que fuera tarde y obligarse a caminar.
Ella, que era cualquiera, seguía apareciendo a deshoras, justo cuando él dormía. Tomaba rostro, cuerpo o voz, pero nunca todos al mismo tiempo. Él, que no salía a buscarla porque podía encontrarle. Ella, que podía ser alguna, dejaba de serlas justo cuando él creía que tal vez podría ser solamente una. Algunas, que eran ella, en un beso despertaban.
Yo, que era él, decidí jugar por jugar, por no dejar, hacer por hacer, sin más deseo que al despertar poder desaparecer con facilidad. Ella, yo, algunas y él, decidimos, por economizar pesares, por malgastar azares, por burlar los encuentros, que era más fácil sofocarnos a besos que quedarnos a hablar. Él, que era alguno, prefirió esperar a que fuera tarde y obligarse a caminar.
jueves, 17 de enero de 2013
Compañía
Vos, allá. No sé si es la noche, no sé si es la cafeína, no sé si ya estoy tan intoxicado que la coherencia no se me es permitida. Hoy recuerdo noches que no fueron y días que se van con conversaciones dolorosas, con estupideces de esas que permiten descansar. Yo no te amo, vos no me amás; está claro que nuestra presencia, si se le puede llamar presencia, es una circunstancia, pero es la complicidad, la absurda y cínica complicidad, la que hace que yo me quede esperando cada noche, como si en mi trayecto entre la sala y la cocina o entre la cocina y la sala te fuera a encontrar. La candidez es mi propiedad más lastimera y la que me hace un holgazán.
Vos, allá, con tu soledad como es debido; yo con la mía, siendo coherente y vacío. Si yo abandonara mi soledad solo sería un ciego esperando el golpe, consciente de que llegará, a la espera para poder quejarme porque nadie me avisó y llamando la atención. No podría permitírmelo, no querría pedírtelo. Es la complicidad, no la compañía, lo que necesito de vez en cuando por corto tiempo ¿Quién dijo que la eternidad no podía durar semanas o días u horas? Al fin y al cabo, lo bello de la eternidad es que acaba, como todo, con todo, conmigo acá, con vos allá.
La compañía que yo me permito es la complicidad. Vos, con tu soledad; yo, con la mía, encontrándonos cíclicamente, en puntos de intersección a los que yo llamaría belleza, sin dejar de estar solos: yo siempre lo estaré, vos siempre lo estarás. Serían, sólo, tu soledad cerca de la mía; solos, buscándonos y dejándonos atrás.
Es la complicidad mi método favorito de compañía: vos lejos, allá; yo cerca, acá. Encontrémonos constantemente, hasta que nos debamos marchar; igual, al final, siempre partimos. Hagamos una fiesta previa celebrando nuestra partida, aunque nos acabemos de encontrar.
miércoles, 9 de enero de 2013
Consumiéndonos la noche
La piel como excusa
su piel como la mía.
Una sonrisa como miedo
de ella a algo
de mí a ella.
La seducción en los ojos
y el deseo ascendiendo por el pecho.
Un impulso perdido en el recuerdo.
Pronto
la siguiente imagen
sus labios
abrasivos, húmedos, cercanos, tibios
y luego
continúa
consumiéndonos la noche,
en una mezcla de complicidad y deseo,
con lo que parecieran
fragmentos cortos de eternidad.
Entonces, la vida sigue
como sigue cada día.
Su nombre sigue siendo lo mismo
sus ojos me han de mirar igual
ni será la mujer de mi vida
ni le pediré que no se marche jamás.
Pero algo sí cambió
y es que al otro día
el calor de su boca,
o lo que quedó de él,
se mezcló con el de la mañana
y se secó, entre mis dientes y mis labios,
un aroma a ella
con el que me bastará.
su piel como la mía.
Una sonrisa como miedo
de ella a algo
de mí a ella.
La seducción en los ojos
y el deseo ascendiendo por el pecho.
Un impulso perdido en el recuerdo.
Pronto
la siguiente imagen
sus labios
abrasivos, húmedos, cercanos, tibios
y luego
continúa
consumiéndonos la noche,
en una mezcla de complicidad y deseo,
con lo que parecieran
fragmentos cortos de eternidad.
Entonces, la vida sigue
como sigue cada día.
Su nombre sigue siendo lo mismo
sus ojos me han de mirar igual
ni será la mujer de mi vida
ni le pediré que no se marche jamás.
Pero algo sí cambió
y es que al otro día
el calor de su boca,
o lo que quedó de él,
se mezcló con el de la mañana
y se secó, entre mis dientes y mis labios,
un aroma a ella
con el que me bastará.
martes, 8 de enero de 2013
Yo como contradicción
¿Qué tan complicado es de entender? Lo único que deseo es que nadie espere que puedo ser su soporte, aunque lo pueda ser; así como lo hago yo. No soporto que la gente espere; no soporto que me conozcan, porque sé que no lo hacen, ni siquiera yo lo hago. No me gusta esperar nada, no me gusta que esperen de mí. No entiendo qué razones habría para querer esperar algo de alguien. No me cabe en la cabeza, no me cabes en la cabeza, no me caben en la cabeza, no me quepo en la cabeza.
Soy un hombre cínico, cascarrabias, caprichoso, terco y egoísta ¿Qué tan complicado de entender es? Puedo tener el deseo de alegrarle la vida alguien, puede nacer en mí el deseo de sacarle una sonrisa; pero no puedo soportar que espere que lo haga. No puedo. Me queda imposible entender. No quiero ser nada para nadie, ni para mí. Quiero sorprender a alguien con un gesto que le alegre, así como también quiero sorprenderle con una mirada llena de vacío ¿Qué es tan complicado de entender?
No soporto que intenten entenderme, simplemente no soporto defraudar a nadie. No espere de mí, le defraudaré, eso sí puedo prometerlo.
Si puede hacerme un favor, le pediría que no espere nada de mí; yo haré, sencillamente, lo mismo. Siempre lo hago.
No me entienda, no lo podrá hacer, se lo aseguro. Ni siquiera yo intento hacerlo.
No me espere, no esperaré por usted.
Soy un hombre cínico, cascarrabias, caprichoso, terco y egoísta ¿Qué tan complicado de entender es? Puedo tener el deseo de alegrarle la vida alguien, puede nacer en mí el deseo de sacarle una sonrisa; pero no puedo soportar que espere que lo haga. No puedo. Me queda imposible entender. No quiero ser nada para nadie, ni para mí. Quiero sorprender a alguien con un gesto que le alegre, así como también quiero sorprenderle con una mirada llena de vacío ¿Qué es tan complicado de entender?
No soporto que intenten entenderme, simplemente no soporto defraudar a nadie. No espere de mí, le defraudaré, eso sí puedo prometerlo.
Si puede hacerme un favor, le pediría que no espere nada de mí; yo haré, sencillamente, lo mismo. Siempre lo hago.
No me entienda, no lo podrá hacer, se lo aseguro. Ni siquiera yo intento hacerlo.
No me espere, no esperaré por usted.
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